Era una mañana invernal, fría, como las demás, y Beto, el ordenanza, leía en la oficina:
"... en el medio del océano, miles de centinelas combatian..."
- ¡¡Beto!! ¡dejá de leer pelotudeces!, ¿por qué no te ponés a estudiar? le dijo su jefa. -Te vas a recibir el día del arquero si seguís así...
- Claro, él lee novelas... mmm... acotó Betty, tirando el anzuelo donde no la habían invitado a pescar...
Caras de reprobación general ante la escasa dedicación del ordenanza a los estudios contables.
El mediodía irradiaba el olor a pescado recalentado-en-microondas de alguna oficina lindera. Los pasillos del ministerio parecían una feria de comidas, con los vendedores golpeando puertas y anunciando su llegada.
Beto salió algo indignado de la oficina a buscar alguna empanadita de carne para manducar. "Tengo unas ganas de irme a la mierda..." pensaba. Le palmean la espalda. Se da vuelta y reconoce la figura agigantada del gordo Tulio:
- ¡Qué hashée betito! -a partir de este momento, Beto habla en primera persona-
- Acá estoy, gordo, comprando algo pa' comer. (por qué no te vas un poquito a cagar)
De pronto aparece alguien mas, ni idea quien es, pero aprovecho y me voy silbando bajito, porque al gordo Tulio le das letra y te escribe una biblioteca...
Vuelvo a mi oficina dispuesto a engullir la empanada, todavía caliente. Golpean la puerta. Nadie se levanta de su silla a atender.
"Vamos Beto, que a las cuatro nos rajamos. Con cariño: tu conciencia"
Traen unas notas y memorandos de la Subdirección fiscal de conflictos melodramáticos.
Saco fotocopias, como se acostumbra en mi sector, y me traigo todo a la computadora para ingresarlo por el sistema. ¿La empanada? Bien, gracias. Mandá saludos si la ves.
Betty libera el teléfono luego de cuarenta minutos de una catarata de problemas que son el deleite de sus compañeros. Tiene las facciones relajadas por la catársis, mientras el resto piensa en convocar un paro de orejas por el resto de la jornada.
Suena el teléfono. Atiendo. Es la secretaria del gerente:
- ¡Hace media hora que estoy llamando! ¿Quién habla tanto por teléfono?
- La verdad que no se. Yo recién llego. (¡Mentira, fue la cornuda de Betty, que se rasca a cuatro manos y además, habla por teléfono)
- ¿Podés venir que tengo un par de trámites?
Amigos: este espacio fue concebido con el único fin de publicar "todo aquello que se os ocurra". Sin filtros, sin tapujos, acá somos más libres que en Zion! A ud. estimado lector, le comunicamos que son bienvenidos cualquier tipo de comentarios y/o sugerencias. Que empiece el baile...
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jueves, 18 de agosto de 2011
viernes, 29 de julio de 2011
Perra Anarquista
Tomaba un descanso en medio de la jornada laboral. Él.
Él era Beto, el ordenanza, en un banco de la plaza.
Sacó de su bolsillo un atado de philip morris y prendió uno. Disfrutaba de los vaivenes del sol. Se soñaba despierto. En eso, ve que pasa caminando la rubia. LA Rubia, pero no por su belleza, sino por la curiosidad que despertaba en él tamaña estupidez de mujer. Le gustaba observarla. Más de uno hubiera creído que estaba enamorado de ella.
La rubia se desempeñaba como asesora del Gerente General de Pactos Arancelarios e Intervenciones Remotas. Nadie podía decir a ciencia cierta cuál era su tarea. Se la veía felíz, por los pasillos del Ministerio, con un aire de relajo constante. Beto creía que ella se encargaba de llevar la agenda con los cumpleaños de funcionarios, bautizos de los nenes y cosas así. No se si lo escuchó alguna vez o lo imaginó.
La blonda venía hablando por teléfono, con bolsas en una mano, su cartera y sus botas símil cocodrilo.
¡Puaj! murmuró Beto, el ordenanza, el de los pies ligeros, mientras ella desfilaba por la plaza.
Una vez perdida en la vorágine matinal, Beto, el de los pies ligeros, contempló la figura de un cuadrúpedo que se acercaba. "Cuadrúpeda" aseveró después. Chifló e hizo un chasquido con las manos para llamarle la atención, para que venga a recibir el mimo.
Ni cinco de bolilla. Se acercó e ignoró su presencia con aire altanero, muy pulcra ella para parecer de la calle. Y sin embargo lo era.
Se detuvo a mirarlo por unos segundos, y Beto, el de los pies ligeros, creyó adivinarle el mensaje
"No soy tuya, ni de nadie; soy de todos lados. Recibo mimos y comida cuando se me antoja, no como esa manga de oligarcas que viven cómodos y esclavos en las casas con sus "amos", fichando día a día su tarjeta de simpatía. Ni que hablar de esa nueva camada de canes inventados, pequeños bonsai, todos refinados. Yo soy anarquista."
Dicho esto siguió su camino, libre, como el sol cuando amanece, como decía Nino.
Beto se quedó pasmado ante tal revelación. Se preguntó qué pensaría la rubia de todo aquello. Imaginó que ni se habría percatado de la presencia de la perra. Porque ella tenía ojos para cosas que no existen, o más bien, les deformaba la existencia a cosas que existen. Y miraba del medio de su campo visual hacia arriba.
La perra miraba para donde se le venía en gana, fiel a su instinto y a su libre albedrío.
Él era Beto, el ordenanza, en un banco de la plaza.
Sacó de su bolsillo un atado de philip morris y prendió uno. Disfrutaba de los vaivenes del sol. Se soñaba despierto. En eso, ve que pasa caminando la rubia. LA Rubia, pero no por su belleza, sino por la curiosidad que despertaba en él tamaña estupidez de mujer. Le gustaba observarla. Más de uno hubiera creído que estaba enamorado de ella.
La rubia se desempeñaba como asesora del Gerente General de Pactos Arancelarios e Intervenciones Remotas. Nadie podía decir a ciencia cierta cuál era su tarea. Se la veía felíz, por los pasillos del Ministerio, con un aire de relajo constante. Beto creía que ella se encargaba de llevar la agenda con los cumpleaños de funcionarios, bautizos de los nenes y cosas así. No se si lo escuchó alguna vez o lo imaginó.
La blonda venía hablando por teléfono, con bolsas en una mano, su cartera y sus botas símil cocodrilo.
¡Puaj! murmuró Beto, el ordenanza, el de los pies ligeros, mientras ella desfilaba por la plaza.
Una vez perdida en la vorágine matinal, Beto, el de los pies ligeros, contempló la figura de un cuadrúpedo que se acercaba. "Cuadrúpeda" aseveró después. Chifló e hizo un chasquido con las manos para llamarle la atención, para que venga a recibir el mimo.
Ni cinco de bolilla. Se acercó e ignoró su presencia con aire altanero, muy pulcra ella para parecer de la calle. Y sin embargo lo era.
Se detuvo a mirarlo por unos segundos, y Beto, el de los pies ligeros, creyó adivinarle el mensaje
"No soy tuya, ni de nadie; soy de todos lados. Recibo mimos y comida cuando se me antoja, no como esa manga de oligarcas que viven cómodos y esclavos en las casas con sus "amos", fichando día a día su tarjeta de simpatía. Ni que hablar de esa nueva camada de canes inventados, pequeños bonsai, todos refinados. Yo soy anarquista."
Dicho esto siguió su camino, libre, como el sol cuando amanece, como decía Nino.
Beto se quedó pasmado ante tal revelación. Se preguntó qué pensaría la rubia de todo aquello. Imaginó que ni se habría percatado de la presencia de la perra. Porque ella tenía ojos para cosas que no existen, o más bien, les deformaba la existencia a cosas que existen. Y miraba del medio de su campo visual hacia arriba.
La perra miraba para donde se le venía en gana, fiel a su instinto y a su libre albedrío.
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