viernes, 24 de mayo de 2013

Palabras

Entró apurado al bar y pidió un cortado.
Le trajeron una cabeza y un torso chorreando sangre.
- ¿Dónde está mi media luna?
- Lo lamento señor, no tenemos, hoy hay luna llena.
-¿Y entonces qué voy a comer? ¡Resuélvalo ya! Estoy muy apresurado, tengo mucha prisa.
- Entiendo, no necesita ser redundante. Usted está apurado y yo estoy supurando... la importancia de las palabras, no?
- A mi no me importan las palabras, ¡y menos que esté usted supurando!
- Debería importarle, porque cayó algo de pus en su cortado.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El abuelo

Al ladito del templo adventista se erigía la bicicletería del viejo Tanhauser. Sus amigos lo apodaron "El semental alemán" y con justa razón; tuvo veintitrés hijos, los cuales le dieron sesenta y ocho nietos. "Todos con la misma" aseveraba orgulloso el teutón.
Una calurosa tarde de verano, mientras el pueblo dormía la siesta, los pibes rompían las bolas y Tanhauser emparchaba cámaras de bicicleta, dieciocho de sus nietos mas guachos, con excepción de luisito que era medio pavo y de Juan Carlos III que en paz descanse, decidieron ir a "acompañar" al abuelo en sus labores.
Después de sacudirle con la honda unas cuantas bolillas de paraíso a un adventista que salía del templo, aparcaron las bicicletas en el centro de la vereda, formando una montaña de fierros y ruedas y bulones, como las de los desarmaderos, obstruyendo así no sólo el paso del peatón sino también la entrada de la clientela al local.
Es fácil de imaginar el desastre que hicieron en su estancia allí. El viejo imploraba por dentro "que empiecen las clases" agarrándose la cabeza y mirando al techo.
Le preguntaban para qué sirve tal o cual cosa,  le tiraban de los pantalones, otros tres jugaban con el compresor: unos cuantos frascos de tornillos y docenas de rayos que el viejo tenía precintados cayeron al piso, no contentos con eso volcaron una lata de pintura roja y para culminar, le rompieron el poster del Racing campeón del mundo del 67.
Tanhauser, fuera de sí, agarró el soplete del estante y les dijo que se fueran a hinchar las pelotas a otro lado, que sinó los prendía fuego; viejo pantomimero, (si vale el término)  después de tantos años con tantos vástagos que criar terminó perfeccionando sus técnicas de persuasión.
"Mi poster de Racing..." se lamentaba el viejo, "la puta que los parió..."
El "masi", que lo miraba desde la vereda, no dudó en gritarle "jodéte, viejo pajero!".
Es entonces cuando el soplete regresa a escena, salvo que esta vez, el viejo estaba sacado en serio.
Salen llamas por el portón verde musgo, que llaman poderosamente la atención a dos octogenarias que están en la vereda, al pedo.
El desodorante en aerosol lord cheselin combinado con el soplete se convirtió en un lanzallamas casero. Se incendiaron los rosales del cantero y otro fogonazo alcanzó una rama de acacia. Los pibes corrieron al templo. En la puerta (gigante y cerrada) había una gorda sentada comiendo maní con cáscara.
"Abri gorda, dale, la puta que te parió, que el viejo está re loco!"
La gorda, lerda y perezosa, tardó unos minutos en incorporarse. Para ese entonces, el maní ya era casi garrapiñada.

viernes, 13 de enero de 2012

Deseo

   "Se desea porque se carece de algo, porque se necesita algo. El hombre, definido como deseo de placer (Freud), es fundamentalmente un ser de necesidades, una carencia, una indigencia pura. Además, como el deseo de lo que se carece, cuando el deseo se satisface, el deseo muere. Por ello, en su madurez, Freud pone junto al deseo de placer el deseo de muerte, porque lo que el deseo desea es su satisfacción, y por tanto, su muerte. El hombre es por tanto para Freud, un deseo que busca su propia extinción."( http://www.revistacrepusculo.org/n17/_carencia.php )

   El deseo de aquello que más feliz nos hace, aquello que nos extasía de placer, que nos reconforta hasta el lugar más recóndito de nuestro espíritu, no acaba nunca. La realización de La/s actividad/es objeto de nuestro anhelo mayor nos transporta a un lugar donde el tiempo no existe o, por lo menos, no transcurre de manera convencional. Y por el contrario de extinguirse el deseo, éste va en aumento; lo que se traduce en mayor felicidad, placer, etc... Aumenta el deseo; la satisfacción también... Y así sigue hasta que nos llega el momento de volver a la vida real. Aquélla que nos encuadra en un lugar específico del universo, en una línea temporal cada vez más exacta, que nos impone montones de deseos cuya satisfacción conlleva una escasa cantidad de tiempo y no mucho esfuerzo. La felicidad, en caso de ser alcanzada, es efímera. Pero siempre se encarga -la vida real- de darnos las esperanzas de que la próxima cosa deseada será aquella que salve nuestras vidas. Sin embargo, muy lejos estará de suceder. Y la decepción nos invade fuertemente al corroborarlo, hasta que se nos da otra cosa que desear; algo para lo cual sólo bastarán unos pocos, pero muy tristes segundos.
   Para evitar este círculo vicioso de deseo-decepción-deseo, en el que resulta demasiado fácil caer, es esencial que cada uno, en el interior de sí, descubra qué cosas lo transportan a ese lugar del universo en el que el tiempo no existe. Podría suceder que la búsqueda quede inconclusa, que no aparezca ese tesoro tan preciado, pero la posibilidad de no hallarlo no debe jugarnos en contra. Puesto que sin lugar a dudas en la persecución de ese tan ansiado tesoro se habrá recorrido un camino lleno de enormes satisfacciones a pesar de las desgracias que nos toquen en suerte.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Altamar


Aquella noche, entre la ventisca, pude dar con tres marineros que bebían a raudales en una herrumbrosa posada.
- Son más de las doce- me dijo el ventero, un hombre robusto de más de sesenta, huraño y de pocas palabras.
- Vengo a hablar con aquellos caballeros- le dije cortesmente, y señalé una mesa.
Me dirigí hacia el amplio salón, donde habría unas doce, tal vez quince, personas sentadas.
Una mujer se me quedó mirando. No me tomé la molestia siquiera de pensar si la conocía.
- Buenas noches.
- Gunnar... - se limitó a decir uno de ellos.
- ¿Le conozco?
Asintió con la cabeza y me invitó a sentarme.
El sujeto que se dirigió a mí era gordo, corpulento, de cara rosada y pelo y barbas blancas como la nieve.
Los otros dos lo miraban con temor y respeto, supuse que trabajarían para él.
- Cómo olvidarle... aquella noche de densa niebla. Usted en el barco...
De repente su cara adoptó un gesto severo; se quedó pensando un momento, con sus dedos mayor e índice sosteniendo su frente.
- Usted no pertenece aquí.
- ¿Qué?
- Lo que oyó, Usted no pertenece aquí. Puede quedarse, si lo desea, aunque nadie de los suyos lo haya soportado, podría Usted ser el primero, ¿por qué no?
Lanzó una risa horrible semejante al vómito. Pidió más ginebra.
Me hizo una seña para que me sentara. Bebí en silencio.
- Aquella noche usted no representaba en mí mas que la imagen de un molusco en la red, desposeído. Para cuando la neblina nos cegó yo me disponía a dormir. Sentí el sacudón en la proa. Bien sabemos todos que el Galante no es un navío en el que algo así puede pasar desapercibido. Salí del camarote apoyándome en las paredes, dando pasos ciegos e imaginándonos a merced de algo poco común, de otro orden quizá, como esas historias que contaban los viejos marinos. ¡Valgame Dios! Ante mis ojos una escena que no hubiera escogido presenciar nunca. El mar en llamas, llamas amarillas, inflamadas, podridas, ¡malditas llamas! Aquello era como el mar del infierno. Recuerdo a alguien de mi tripulación decir que se trataba de fuegos fatuos. Nada más errado, excepto que el agua tuviera fósforo en lugar de hidrógeno. En esos momentos de estupor, también lo recuerdo a usted, maniatado, mirando cómo llegaba nuestro fin. De pronto la madera crujió y fui derribado y cortado por una escama. Es todo lo que vi. Una escama gigante. Luego, con el agua tragándonos, el fuego, la niebla, la tripulación desesperada, la noche y el infierno esperándonos, el ojo del pez, un ojo bruto en medio de la noche, coletazos que cortaban la madera como sierras, filo mortífero que desmembró al menos a tres marinos. Volví mi vista hacia usted, otra vez, seguía atado al mástil. Sudaba como si ardiera de fiebre. Corté los nudos con una daga turca que había allí en el piso. Comenzó entonces un ruido insoportable, un sonido agudo que pinchaba nuestros tímpanos como si metiéramos un alfiler en los oídos. Caímos desfallecidos, una última mirada, usted y yo, antes de perder la conciencia, sudados, envueltos en una cobija roja, la madera todavía crujiendo, la almohada en el piso.

-¿¡Qué hora es!?
- Seis y media, tranquilo, hoy es sábado.






viernes, 11 de noviembre de 2011

Color y metáfora I

Al afamado médico del pueblo los niños lo exprimieron; quedó puro jugo y pulpa, como la naranja.
Ya en el consultorio una señora muy fea se lo bebió con sorbete mientras éste le recetaba unas cremas. Sólo su voz continuó prescribiendo medicamentos, a fuerza de costumbre. Nadie jamás notó la diferencia.

lunes, 24 de octubre de 2011

Al pan, pan y a la granja, Eduardo


Esta es la història  de un “Eduardo”
Corrìa el año 2011 y Eduardito estaba ilusionado con volver “y Ser aquél “
Ya  no  con el fin de que todooooos se vayan a dormir a las 3 … sino más bien con ideas nuevas  y renovadas , pero había algo que el pobre “Eduardito “ no tuvo presente y fue la memoria de la gente , y hoy el tipo se tiene que ganar el Pan de otra manera .
Conoció unos amigos y dijo bueno ya que de ahora en màs esa Yegua sigue “ahì “  ( si por mì fuese en este País se termina la droga , la inseguridad y la prostitución  )….. ya veré a que me dedico ….
Tiempo después  , se deprimió  y se entrego a las pastillas , lo que acarreo  un sin fin de problemas económicos , pero después de toda desgracia hay también una suerte (Eduardito empezó una nueva vida , con un grupo de amigos en una granja , aprendió a hacer “Pan casero” … y vivía con patitos , cabritas .. o otras especies .
De tanto en tanto subía  al tren a vender los ricos panes …. Y nunca màs pagò el alquiler … y hoy es feliz y se va a dormir después de las 3 . 


Publicado por Cristián "piquillín"

miércoles, 19 de octubre de 2011

Qué lindo que es estar en Mar del Plata

Dos antenas disfrutan del sol de agosto en una playa cerca de Barbados. Detectan barcos mientras les untan antioxidante para evitar la herrumbre. Ellas son las divas del medanal, ellas dos, impávidas, ellas dos, imponentes.
Una lata de choclo yace vacía sobre los caracoles, de tanto en tanto mecida por el viento. Un hombre con un pincel busca una bolsa y contempla la lata. Patea con ella un penal al arco del océano. No encuentra la bolsa, olvida que la busca.
Una nube grisácea mancha de sombra a una pequeña porción de océano; bajo ése agua ennegrecida, un tiburón busca alimento.
Un grano de arena es aplastado por una ola al romper; un melancólico grano de arena, disgregado.
El viento silba un chirrido permanente a través de los huecos de una arenisca desmayada en la playa.
Un arbusto lindero dedica especial atención a seguir creciendo. Una arañita blanca teje afanosamente su tela en el follaje del arbusto, guarecida del sol, esperando el banquete.
Otro grano de arena se interna en el pelo negro y crespo del otro hombre con pincel, para terminar mas tarde en una ciénaga de champú.